…siendo preparado…


Casualidades de la vida, pero en la noche en que fallecía Enrique yo soñaba que amanecía al mundo, a este mundo, en un día cualquiera que era el primer día en que ya no estabas más aquí. El resto de los días transcurrían en la niebla.

Lo llamarán los filósofos reminiscencia de una situación límite: sólo recuerdo que mi congoja era difícilmente respirable. Me ahogaba saber que ya nunca más volvería ni a escuchar tu voz ni a ver tu mirada.

Imagino que es entonces cuando se activa la necesaria esperanza que consiste en creer que tú tienes que estar en otro sitio al que yo he de acabar llegando en algún momento, más pronto que tarde. Quizá es esta la negación del acabamiento.

¿Y qué haces tú allí entretanto? Lo que yo hago aquí lo tengo claro, más de lo mismo. Pero, ¿cómo llegas tú allí? ¿Cómo sales tú de aquí y te pones en camino?

¿Qué no poco miedo has de sentir en ese momento de la partida? ¿Agarraré tu mano para que te sientas hasta el último instante “aquí”?

¿Y cómo será el siguiente momento, en que tu cara ya no me diga nada? ¿Adónde iré si tú ya no estás por aquí, mirando adonde voy?

Así yo, aquí, en mi sueño premonitorio, vagaba por las esquinas de mi mundo tratando de encontrar aire, pegado al suelo, como se hace en los incendios.

Ya no eras y aquello era todo lo que sucedía. Tu no ser ya más, al menos aquí, que es todo lo que alcanzo a conocer. En el allí quiero creer, pero no lo conozco.

Hasta ahora habías sido, con más o menos presencia en el diario, y tu referencia en mi vida era indubitable.

Hoy, ya, no eras. No podía ir a encontrarte a ningún lugar físico ni comprobar el efecto del tiempo en tu cara. ¿Qué clase de suceso fuera de la vida era aquél que te hacía pasar del ser al no ser? ¿Qué te había pasado para ya no pasarte nada más?

¿Es la vida una preparación para la fatal orfandad? ¿Es ese el momento en el que el velo cae y devenimos, finalmente, adultos? ¿Ser adulto es soltar la mano vacía de la vida de quien era nuestra vida?

Como un perro abandonado, me acuerdo de lo que acababa de leer:

“Yo quiero evocar mi vida; en esta soledad, entre estos volúmenes, que tantas cosas me han revelado, en estas noches plácidas, solemnes, del verano, parece que resurge en mí, viva y angustiosa, toda mi vida de niño y de adolescente. Y si dejo la mesa y salgo un momento al balcón, siento como un aguzamiento doloroso de la sensibilidad cuando oigo en la lejanía el aullido plañidero y persistente de un perro, cuando contemplo el titileo misterioso de una estrella en la inmensidad infinita.”

Y me acuerdo de haber escuchado ese aullido en mi niñez, lejos, siempre tras la pared que protegía la familiar habitación donde mi sueño sucedía cada noche. Entonces no soñaba con tu ausencia. Y tenía tiempo para demorarme en las estrellas y lograr, desenfocando la mirada en la noche, que la oscuridad del cielo viniera sobre mi dejando el arriba todo lleno de luz: pequeños trucos del cegato, que ve sus cosas.

El otro día, por primera vez, sucedió. Como siempre, sucedió antes en mi sueño que en la “realidad”. ¿Estaré siendo preparado?

Ya sé lo que se siente.

Sólo quise hacértelo saber, antes de que suceda. Ya estoy siendo preparado.

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