Afirmación del Mal


“Afirmación del Mal” (Prof. Rodnem Zimmermann)

El Nihilismo es la derivación desesperanzada del Cristianismo. La deriva dio lugar al Tiempo.

Hay un momento sin instante en el que la mera posibilidad del Mal se convierte en intolerable para el Hombre, y la tentación de acabar con él, de abortarlo antes de que nazca, mediante el Conocimiento –la negación del Misterio- da lugar a la primera caída, la motivada de la no asunción de la condición criatural por el Hombre. El mito no podría ser más explícito. Fue la primera Revolución de la historia del tiempo: el primero intento de ideologizarlo todo.

Ya en el tiempo, el pueblo de Israel confirmó con su historia la existencia del Mal, sin reparos, y lo combatió en la certeza de que la batalla no se acabaría nunca, porque ese es el argumento de la historia: la lucha contra el Mal. Podemos, por consiguiente, afirmar que Israel es el pueblo más antirrevolucionario y más histórico que existe. De hecho, el único socialismo real –el que crea comunidad sobre la persona, el decantado por la organización fraterna de los hombres- que se ha conocido en la Historia aconteció en Israel, el lugar donde la lucha entre el Bien y el Mal tantas huellas ha dejado.

Siglos después la esperanza de los fariseos y demás grupos rigoristas estaba agonizando debido a una interpretación literal del tiempo, y la realización del Paraíso en la tierra se convirtió en una urgencia. Cristo, esenio heterodoxo, reprendió a sus compañeros legalistas desde la ortodoxia del Bien, precisamente por haber perdido la esperanza y haber tratado de negar el Mal. Oponerse al desesperanzado sistema –que tantas ventajas ofrecía a la oligarquía religiosa dominante- le costó la vida. Y es su aterradora Muerte, con la afirmación de la existencia del Mal, la que da testimonio de la existencia del Bien, en la forma de la llamada Resurrección: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo”, dijo el que había de ser asesinado por “el mundo”.

Los puritanos, los fariseos promotores de la Modernidad, recuperaron el viejo rigorismo y la utopía del Paraíso, en versión pobrista o en versión mercantilista. Inflamados por sus principios, los revolucionarios franceses, herederos de los depresivos Descartes y Hobbes, y muy versados en el gran nihilista Kant, se convirtieron a la religión del Progreso y la Humanidad. A costa de las vidas que fueran necesarias. Todo con tal de evitar la Muerte que trae la Vida.

Las reacciones, aparentemente contrarias, personificadas en la fragmentación jesuítica, no hicieron más que añadir leña al gran fuego que estaba desatado.

Los herederos de los revolucionarios, los socialistas, lograron finalmente aniquilar el único reducto que le quedaba al Mal para mantener su existencia, e implantaron la religión socialdemócrata y el Bienestar (derogando el Bien Común), ayudados por la Teología de la Liberación y los humanitarismos, las auténticas “religiones” que quedan en pie. La Iglesia dobló las manos y fue apuntillada con la manzana del Paraíso en la boca: el Anticristo estaba en el Este, pero cuando el Este lo expulsó ya hacía décadas que había impregnado el Oeste, tibiamente, sin ser notado.

El Holocausto, leído sabiamente tras el inmenso dolor, no es más que un motivo para seguir manteniendo la esperanza: Dios existe y es la presencia máxima del Mal lo que más sólidamente atestigua su existencia. Al contrario de lo que se nos propone, la Shoah fue una teofanía: la explicitación de la silueta del mal, para que entendiéramos que el Mal, el Mal auténtico, no tiene silueta. El Mal es nada, y la nada rodea todo lo que es, lo sitia.

El Nihilismo es la derivación desesperanzada del Cristianismo. El Nihilismo es el fondo de la forma que es el Cristianismo. A los niños se les enseña a colorear el dibujo, sin salirse de la forma. Forma y fondo se necesitan. Y el mayor Mal viene de la negación del mal.

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