La taquillera del Metro


Salía de la estación al frío de la noche. Mi saludo con la mano, leve, fue correspondido con otro similar y una sonrisa, al otro lado del cristal.

No era necesario.

Sólo era necesario el uniforme, violáceo. La vigilia, en la cabina. El haber asistido un día más a su puesto de trabajo. La atención a quien entra y sale, la coordinación con el vigilante de seguridad.

El innecesario saludo no duró ni un segundo. Probablemente venido del infinito y vocado hacia el infinito: no nos volveremos a ver jamás. Esa fue la íntima conexión de nuestras vidas.

Pero yo hoy siento hacia ti una infinita gratitud, por lo necesario y por lo innecesario: por ser quien eres, por vestir tu uniforme violáceo y por estar ahí cuando yo pasé. Por devolver el saludo y por sonreir.

Y por seguir ahí cuando mi cuerpo abandonaba la estación por el túnel, hacia el frío de la noche.

Que tengas una buena noche, “Taquillera violácea de la estación del Metro”.

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