Metro de Madrid informa: con motivo de…


Si en tus tripas he pasado las de Caín (ya sabes tú a cuándo me refiero), hoy no.

Hoy me llenaste de vida. De la sobrenatural, y de aquella sobre la que se apoya la sobrenatural.

Dejé pasar un tren -por primera vez en mi vida- para seguir escuchando cómo, en trance, acompasaba la música con los darboukas. Me hizo subir las escaleras y darle una moneda, porque aquello había que, modestamente, financiarlo. Ni se inmutó: él sirve a la belleza, sólo existo como fuente de calorías para él.

Y abajo, en otro andén, ellos, dos, ella y él, ciegos, agarrados mucho y guiados por el mismo perro: el único vidente.

La vida debe de ser algo así: arriba él crea el trance, abajo ellos se agarran y confían en el perro. A un metro, la muerte. Al otro, la vida.

Siempre, a oscuras. Siempre hacia la luz.

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