Un peu de Petit


Aparecido en el número 649-650 (1985 abril-mayo) de la revista Cristiandad, ha sido recientemente rescatado por Tradere en su indianajonesca labor de búsqueda de tesoros perdidos, con ocasión de la edición de las obras completas de Petit. Al Petit al que me refiero no es al futbolista, sino a José María Petit Sullá.

Merece el esfuerzo de su lectura. Adjunto el documento. Una joya:

El 29 de junio de 1982, en la carta que Juan Pablo II escribía a los obispos de Nicaragua, les recordaba: «Tenemos todos presente en el espí­ritu el dramático concepto de mi Predecesor Pa­blo VI, cuando escribía en su memorable Exhor­tación Apostólica Evangelii nuntiandi que los pe­ligros más insidiosos y los ataques más mortí­feros para la Iglesia no son los que vienen de fuera -éstos sólo pueden afianzarla en su mi­sión y en su labor-, sino los que vienen desde dentro». Esta idea de Pablo VI de que los ata­ques más fuertes y eficaces contra la Iglesia son los que proceden de dentro de ella, había sido magistralmente expuesta por el Santo Padre San Pío X en su inolvidable encíclica Pascendi don­de condenó, después de enjuiciar perfectamente, al modernismo, es decir, al racionalismo teológi­co. Entonces, como ahora, la técnica y la tác­tica es la de negarse a someterse a la autoridad del Magisterio de la Iglesia alegando que no hay desviaciones en algunas teologías de la libera­ción y que si las ha habido alguna vez no son hoy compartidas por ninguno de los teólogos de esta teología.

En rigor, sin embargo, no se trata principal­mente de «desviaciones», pues, aunque haya ha­bido algunas, éstas podrían ser corregidas, cuan­do el teólogo implicado actúa con la debida sin­ceridad respecto al Evangelio y el debido respe­to a la jerarquía. En realidad, al igual que su­cedió con el modernismo de principios de siglo, de lo que se trata es de un planteamiento radicalmente inverso al católico. No hay desviación porque no se parte de un mismo principio. Lo que hay, más bien, son coincidencias meramente verbales con algunos dogmas de la fe, interpre­tados siempre en un sentido opuesto. Donde en la religión está Dios personal y trascendente que se ha revelado gratuitamente se pone la concien­cia humana. Donde está la redención del Verbo encarnado se pone la autosalvación por una ideo­logía estrictamente humana. Donde está el Espí­ritu Santo se pone la libertad de cada hombre de pensar lo que se le antoja. Donde está, en fin, la Iglesia fundada por Cristo sobre la piedra del obispo de Roma se pone una «comunidad auto­suficiente» que se da a sí misma las pautas de fe y de conducta. Y así en todas las cuestiones.

Los defensores de la falsa teología de la li­beración suelen decir siempre que ellos no «re­ducen» el misterio cristiano. Ciertamente no re­ducen, desde su perspectiva, porque simplemen­te interpretan de una manera originariamente opuesta el misterio cristiano. La reducción es, sin duda, una constante tentación para todo cris­tiano que puede, casi sin darse cuenta, efectuar esta reducción total o parcial. De ella sólo nos salva la constante plegaria con la que alimen­tamos el sentido sobrenatural de nuestra fe. Pero en la teología que la Iglesia ha condenado hay, por su inspiración racionalista, una originaria interpretación antropocéntrica  de la filosofía hoy en boga «sustituye el espíritu, más que la letra del Evangelio». Es, sin ninguna duda, el nue­vo fariseísmo.

No puede, en efecto, leerse la Palabra de Dios sin captar este mensaje esencial, tanto del anti­guo como del nuevo Testamento: maldito el que confía en el hombre… Dios es el único Salvador. No nos ha sido dado otro nombre bajo el cielo por el que podamos ser salvados. Porque nues­tro mal es nuestro pecado y sólo Dios puede per­donar los pecados y curar el foco infeccioso de pecado que llevamos dentro (tal como lo recuer­da la reciente Exhortación de Juan Pablo II so­bre la Penitencia). Más aún, todos los bienes que incluso en la tierra deseamos, la paz, la jus­ticia, la libertad, el progreso verdadero, son do­nes gratuitos de Dios que sobrevendrán a la hu­manidad como resultado de su aceptación del Mesías prometido y cuya segunda venida espe­ramos. Todo lo contrario, en resumen, de lo que predica y promueve la falsa y condenada teolo­gía de la liberación.

La inspiración modernista de esta llamada teología es evidente por el hecho de que sus fautores la han elaborado en las, tristemente cé­lebres, universidades europeas por su decantado progresismo. La expresión «Teología desde Amé­rica Latina» es un puro eufemismo para distraer y confundir. El mal estaba, y está en Europa. Es el mismo Arzobispo de Medellín (Colombia) Alfonso López Trujillo quien lo afirma: «¿Es fundado el entusiasmo de quienes consideran que la Teología de la Liberación es propia de Amé­rica Latina? Es muy probable que una de sus variantes, quizá la más difundida, sea más tri­butaria del pensamiento europeo, frecuentemen­te «vía Francia», que de la artesanía teológica latinoamericana. Basta leer algunos escritos para observar el fuerte influjo que tienen algunos es­critores europeos como Girardi, Blanquart, etc.» (Alfonso López T., Teología liberadora en Amé­rica Latina, p. 11).

La novedad no consiste pues, en absoluto, en este necesario enraizamiento de la Teología de la Liberación falsificadora en sus fuentes «des­mitificadoras», es decir, en esta separación del Cristo histórico v el Cristo de la fe. La novedad está en poner esta teología sin Dios al servicio de la infiltración marxista en la sociedad, y de modo especial en un continente de tan arraigada conciencia católica como es el iberoamericano, tal como lo expresaba el conocido guerrillero argentino-cubano Ernesto Che Guevara: «los cris­tianos deben optar definitivamente por la revo­lución y, muy especialmente en nuestro conti­nente, donde es tan importante la fe cristiana en la masa popular» (citado por A. López Trujillo, p. 80). En realidad ésta no es más que la ver­tiente, en aquellas naciones, de lo que en nues­tras latitudes conocemos como el movimiento de «cristianos para el socialismo».

Racionalismo y marxismo son, pues, las dos notas características de la falsa teología de la liberación que, como dice el documento de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe «traiciona la causa de los pobres». Una teología que nunca ha sido, ni puede ser, popular porque el pueblo de Dios tiene el sentido de la Fe, como lo enseña el Concilio Vaticano II. Los mismos supuestos teólogos que ridiculizaban la fe sen­cilla de aquellos pueblos, en muchas ocasiones y durante mucho tiempo, son los que pretenden ahora aprovechar aquella religiosidad en benefi­cio de un nuevo y más poderoso imperialismo de signo totalitario.

Es en esta sociedad, en la que se ha impuesto en los últimos decenios el liberalismo político y económico, desarraigándolo de sus antiguas es­tructuras sociales, donde se pretende sentar el principio de que la sociedad, en sí misma consi­derada, es el resultado de una opresión de una clase por la otra. A esta tesis fundamental del marxismo le llaman algunos «método de análi­sis» de la sociedad. En realidad se trata de la te­sis más central del materialismo dialéctico, tesis maniquea y hegeliana que destruye el fundamen­to de toda sociedad, incluida la familia y la mis­ma Iglesia. Lo mismo es el rico que el padre que el obispo. Es el lado «opresor» de la sociedad. El cristianismo es opción por la lucha «libera­dora» al lado del marxismo. Este es el mensaje a que se traduce toda la Escritura.

Esta «traducción» no sería posible sin la su­plantación de lo que la fe enseña, tal como pro­pone el Magisterio de la Iglesia de todos los si­glos, por la teología modernista. Pero para esta operación también vale el «análisis» marxista. La Iglesia jerárquica es ella misma una estructura opresora. Los «oprimidos» no son ahora los «tra­bajadores» sino los mismos cristianos. El «ver­dadero» cristianismo ha sido «ocultado» por los teólogos «dogmáticos». Sin el contenido raciona­lista, «desmitificador» no sería posible la suplan­tación de la fe y se haría imposible conciliar la religión del amor con la ideología del odio, la re­velación trascendente con la interpretación in­manente, las bienaventuranzas con la guerrilla. El marxismo requiere, pues, el antiguo raciona­lismo del que surge el «nuevo» Cristo y la «nue­va» Iglesia. Y el ya viejo modernismo requiere la dialéctica marxista para desquitarse de su secular fracaso entre el pueblo fiel. Marx se hu­biera burlado del modernismo, aunque fuese él mismo uno de sus frutos, pero el leninismo sabe aprovechar todo lo que es «objetivamente» revo­lucionario. Para la actual situación mundial lo mismo se aprovecha el nacionalismo que el pro­gresismo. Lo importante es la antítesis y la fuer­za dialéctica,

En la revista gubernamental nicaragüense «Amanecer» (n.° 20, sep.-oct. de 1983, p. 22) se publica un ensayo del filósofo marxista Girardi en el que podemos leer este párrafo: «Para los marxistas ortodoxos, los cristianos pueden ser importantes aliados, pero de todas maneras sub­alternos; el encuentro con ellos se realiza en la práctica, no en la teoría donde la divergencia es total; por lo demás, en la misma práctica, los cristianos no dan garantía de ir «hasta el fondo», ya que antes o después chocan necesariamente contra el lastre de su propia fe y su propia igle­sia. Para el marxismo «nicaragüense», sin em­bargo, una de las implicaciones más evidentes de la lucha que creyentes y no creyentes han llevado a cabo juntos, es la necesidad de refor­mular la teoría revolucionaria de la religión, re­conociendo en ella un potencial subversivo en razón del cual existen, entre cristianos revolucio­narios y marxistas, convergencias también teóri­cas en lo tocante al tema fundamental de la li­beración de los oprimidos, en razón de lo cual, además, muchos creyentes en Nicaragua pertene­cen con título pleno a la vanguardia revoluciona­ria». Lo sucedido en Nicaragua, con su Iglesia «popular» fomentada y protegida por el gobierno y enfrentada al pueblo fiel al Papa y a sus obis­pos, es el modelo que se quiere potenciar en to­dos los países de la zona. En este esquema la teología de la liberación juega un papel funda­mental en la medida en que se convierte en un potencial revolucionario. Esta «reformulación» del cristianismo, como lo confiesa Girardi, uno de sus autores, es teórica, y no sólo práctica­mente, idéntica al marxismo. El marxismo no de­ja de ser lo que es mientras el cristianismo se convierte en marxismo objetiva y subjetivamen­te. En palabras del mismo Girardi: «La diversi­dad en concebir el cristianismo se manifiesta con particular claridad y radicalidad en el modo de entender la relación con el marxismo. Un cris­tianismo que asume como perspectiva fundamen­tal la «primacía de lo espiritual» está inducido a agudizar la contradicción con un sistema que se basa, por el contrario, en la primacía de la materia y la economía. Al contrario, un cristianis­mo alimentado por una opción preferencial por los pobres, y por tanto basado en la «politicidad de lo espiritual», estará inducido a acentuar sus convergencias con un marxismo entendido esen­cialmente como teoría de la emancipación del proletariado» (op. cit., p. 23) (publicado en la revista Tierra nueva, Bogotá, enero-abril 1985, p. 123-124).

Lo que se discute en la teología de la libera­ción a la que nos referimos es, pues, la esencia misma del mensaje cristiano. Por más que ha­blen de «ortopraxis», de lo que, se trata es de la realidad de la Encarnación, la Redención y de  la Resurrección de la enseñanza el Verbo de Dios hecho hombre y que nuestros pecados. Es, en definitiva, el credo tal como lo expuso Pablo VI el 30 de junio de 1968, ante la multitud congregada en la Plaza de San Pedro, como expresión de la única fe de la Iglesia. Esta fe ortodoxa tiene evidentemente su praxis, lo que la Iglesia ha enseñado inin­terrumpidamente acerca de todos los temas que afectan a la vida humana. Las encíclicas sociales, políticas y económicas de los Papas marcan la pauta de pensamiento y acción en todos los te­mas que afectan a un cristiano. El mero hecho de hablar y querer construir, como en Nicaragua una Iglesia «popular» prueba el carácter marxista de esta corriente y su radical separación de la única Iglesia. Sobre este tema habló el Papa a los ni­caragüenses y sobre ella, con evidente conoci­miento de causa, se pronunció el presidente de la Conferencia episcopal nicaragüense, Mons. Pablo Antonio Vega: «debemos tener claro que la Igle­sia popular ni es Iglesia, ni es popular: no es Iglesia porque no fomenta la referencia del hom­bre hacia un ser superior, y no es popular, porque cultiva la idolatría del pueblo frente al Estado» (ibid. p. 129).

La iglesia llamada popular no es, pues, ni si­quiera religiosa, en tanto que no está al servicio de la relación del hombre con Dios. Es evidente­mente un instrumento político. Y no está tampoco al servicio del pueblo sino que pretende que éste idolatre al Estado, único poder absoluto.

Se dice que la teología de la liberación está al servicio de los pobres, que ha hecho la llamada «opción preferencial» por los pobres. Esta afir­mación, que está recogida en las Conferencias de Medellín v Puebla es del todo correcta, porque la Iglesia ha de preferir necesariamente lo mismo que Jesús, y Él amó preferentemente a los pobres. Mas la noción de pobre de Jahvé es ella misma una síntesis del mensaje cristiano, tal como lo ex­presan las bienaventuranzas tomadas en su tota­lidad. El pobre es también el manso y el pacífico, y el puro de corazón, y el que es perseguido por causa de su justicia. Es el que llora y el que de­sea justicia. No es el que «toma conciencia» de que la sociedad se divide en explotadores y explo­tados y emprende la lucha revolucionaria. Cristo tenía en su época a muchos que hubieran oído muy a gusto este tipo de mensaje, los «zelotes». Estos le hubieran querido proclamar rey, pero a éstos pertenecía Judas, el que le entregó. Es de nuevo a Monseñor Alfonso López Trujillo a quien citaremos a este respecto: «Se ha vuelto muy co­rriente interpretar los «pobres» de la Escritura como si coincidieran con la clase proletaria. En la Biblia, la simple carencia de bienes y la con­dición de humillación no lleva, en todo su alcan­ce, el contenido de los anawin. El «pobre» es el abierto a la Palabra de Dios que recibe gozosa­mente -el disponible-, el que pone su corazón en el tesoro que no es destruible por el orín o la polilla; el que sabe dónde enraizar su confianza. Los pobres pertenecen a la gran familia de aque­llos a quienes las pruebas materiales y espiritua­les han ejercitado a no contar sino en el auxilio de Dios» (Alfonso López T., op. cit., p. 75).

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