Traidores…


… desde siempre, es la costumbre habitual del gobernante de los borregos españoles.

Quizá es buena la enseñanza histórica ante el auto exilio del último presidente (golpista, una vez más) que ha tenido España.

Aparecido en el nº 108 de Ahora Información.

Por su interés, lo reproducimos aquí:

LA MALHADADA CONSTITUCIÓN DE 1812.  I: EL MAL FRANCÉS, EN LOS TUÉTANOS DE LA CASA REAL ESPAÑOLA

(EXTRACTOS DE LA CONFERENCIA OFRECIDA EN EL CÍRCULO CARLISTA DE MADRID EL 12-02-2011)

por DIEGO MIRALLAS JIMÉNEZ.

Estimados correligionarios, queridos amigos: mi pequeño discurso versará hoy sobre una causa que se suele escapar a los analistas de la malhadada Constitución gaditana de 1812.  Muchos somos los que creemos que el liberalismo es un cáncer que corroe la idea de patria. Un cáncer que históricamente cabría llamar el MAL FRANCÉS de la doctrina política española. Un cáncer que, sin casi ningún apoyo popular, emponzoñó España en los aciagos días de 1812, año de la nefasta efemérides que muy pronto va a cubrir (y quiera Dios que me equivoque) muchas páginas y medios de este desgraciado tiempo que nos toca padecer.  Pero además, es un cáncer que llevaban incrustado en los tuétanos los reyes de la Casa de Borbón desde muy principios del siglo XVIII. Salvos, claro es, quedan los dignísimos representantes de la legítima dinastía que siempre renegó no de sus padres y antepasados carnales, pero sí de bastantes de sus dictados.  Salva, asimismo, ha de quedar la verdadera causa monárquica francesa que, por encima de su soberbia episódica, es digna de todos nuestros respetos. Hogaño se cumple el bicentenario de la impresión, en Palma de Mallorca, de las cartas privadas dirigidas por nuestros reyes Carlos IV, Mª. Luisa y Fernando VII a Murat y Napoleón. Aunque sólo las leyeran unos pocos, España se enteraba en 1811 del servilismo y traición de sus reyes.  Si pocos pueden negar que el liberalismo español viene de Francia, de los postulados revolucionarios y napoleónicos, ¿cabe pensar que la Casa Real Española también es culpable de la penetración liberal en nuestra tierra?  Escudriñando en la Historia se puede decir que sí, porque aquella Casa Real puso España en bandeja a Napoleón, y por mucho que aquellos reyes se declararan profundamente anti-liberales. Antes, pues, de analizar la molicie de Cádiz, he creído conveniente hacer un repaso de aquellos avisos de la demolición del orden tradicional desde 1805 hasta nuestra Guerra de la Independencia, de aquel mal francés instalado en los tuétanos de la casa real española desde Felipe V hasta Fernando VII. Reyes nuestros son, sin duda, y su legitimidad no se pone en duda, pero todo buen carlista, no siendo absolutista, ha de verse en el serio deber de cuestionar buena parte de su política en lo que tiene de germen del liberalismo. Sí, pues aquellos reyes hicieron tanto o más daño que nadie en la contemporización con el despotismo ilustrado de raigambre francesa, primero, y la causa revolucionaria representada por Napoleón después. Hagamos, a tal efecto, una lectura, con muy leve comentario (pues las misivas se comentan por sí mismas), de alguna correspondencia privada entre los máximos representantes de España y Francia entre finales de marzo y abril de 1808. Tiempo habrá de analizar causas y circunstancias más inmediatas del desastre gaditano, pero todo historiador serio (y uno intenta serlo aunque no lo consiga) ha de buscar causas profundas de los hechos que analiza. Tiempo habrá, digo, de hablar más largo y tendido de la siniestra Constitución de 1812 y lo que supuso, pero no anda muy lejos de ella el relato de cuanto sigue.  Veamos:

1805.- La impresionante Armada española, trabajosamente reconstruida y modernizada desde el reinado de Fernando VI, es destrozada en Trafalgar por la inepcia del almirantazgo francés, a cuyo servicio la pusieron de forma tan solícita como infame Carlos IV y su favorito Godoy.

Octubre de 1807.- Carlos IV y Godoy conceden permiso a Napoleón para que atraviese España con sus tropas camino de Portugal, país aliado de Inglaterra.

Marzo de 1808.- Aunque había fracasado en su conspiración de El Escorial en octubre de 1807, Fernando, Príncipe de Asturias, vuelve a presionar en Aranjuez con su camarilla para obtener, y finalmente conseguir, la abdicación de su padre.  Inmediatamente se ordena la detención de Godoy.  Veamos ahora algunas muestras de la correspondencia exacta que hicieron llegar a Murat y Napoleón el rey Carlos IV, la reina Luisa y Fernando VII, correspondencia cuyo contenido íntegro no supo España, insistimos, hasta 1811.

Empecemos con una Carta de la Reina Luisa, esposa de Carlos IV, al príncipe Murat, gran duque de Berg. Lleva fecha de 30 de marzo de 1808, y difícilmente cabe encontrar mayor felonía de una Reina de España poniendo todo su futuro, sus anhelos, su vida, en manos de un militar francés. Se escribe tras los sucesos de Aranjuez, cuando ella y Carlos IV, destronados de forma más o menos truculenta (pero en todo caso consentida y cobarde), temen por su protegido Godoy, que ha sido apresado.  Atención a las palabras “los tres no haremos sombra alguna”. La mezquindad y el nauseabundo espectáculo de una reina anciana todavía apegada a su amante deben ruborizarnos. Dice: Si el gran duque no procura que el emperador dé sus ordenes prontamente para impedir los progresos que hacen las intrigas contra el rey mi Marido, contra su amigo el príncipe de la Paz, contra mí y también contra mi hija Luisa, de ninguna manera estamos en seguridad: todos los malvados se reúnen en Madrid en torno de mi hijo, a quien creen como oráculo; como no es muy inclinado á la magnanimidad ni clemencia, se puede temer qualquiera cosa de ellos. Yo tiemblo, y el rey mi marido también, de que mi hijo vea al emperador antes que no haya resuelto y dado sus órdenes, porque le presentarán tantas falsedades, que á lo menos el emperador podrá dudar de la verdad; y así, rogamos al gran duque que haga ver al emperador que estamos en todo absolutamente en sus manos, y que nos dé la tranquilidad á mi marido, á mi y al príncipe de la Paz, deseando a éste cerca de nosotros para acabar nuestros días tranquilamente en un país en donde nuestra salud pueda sostenerse: los tres no haremos sombra alguna.  (…)

Leamos ahora una segunda carta, ahora de Fernando VII dirigida a Napoleón, que lleva fecha de 14 de abril de 1808. El nuevo rey de España fía su coronación al emperador francés y no sólo consiente que las tropas napoleónicas estén hollando el suelo español, sino que aplaude tal situación, no teniendo más pesar que no haber sido todavía reconocido soberano por el corso. De nuevo vemos un inédito acto de cobardía frente a la revolución de quien después se dirá garante del absolutismo monárquico, desatino éste, no lo olvidemos, tan foráneo para la tradición española como el liberalismo.  Sonrojo da, una vez más, leer tales felonías, inauditas hasta entonces en la Historia de la Monarquía Española.  Leo: Señor mi hermano: elevado al trono por la abdicación libre y espontánea de mi augusto padre, no he podido ver sin un verdadero pesar que S.A.I. el gran duque de Berg, como también el embajador de V.M.I. y R., no hayan creído deber felicitarme como soberano de España, mientras que los representantes de otras córtes, con las quales no tengo tan íntimos y apreciables enlaces, se han apresurado á hacerlo; no pudiendo atribuir la causa sino á falta de órdenes positivas de V.M., quien me permitirá esponerle con toda la sinceridad de mi corazón, que, desde los primeros momentos de mi reynado, no he cesado de dar á V.M. I. y R. los testimonios más señalados y menos equívocos de mi lealtad y adhesión á su persona:  que el objeto de primer orden há sido hacer volver al ejército de Portugal las tropas que se hayan separado ya de él para acercarse á Madrid: que mis primeros  cuidados han tenido por objeto la provisión, el alojamiento y los utensilios de sus tropas, (…)haciendo salir á mis tropas de mi capital para recibir en ella una parte de su ejército. He procurado igualmente, por las cartas que he dirigido á V.M., convencerle, quanto me ha sido posible, del deseo que siempre me ha animado de estrechar de una manera indisoluble, para la felicidad de mi pueblo, los lazos de amistad y de alianza que existían entre V.M.I. y mi augusto padre.  (…) Me he prestado voluntariamente al convite que [el General Savary] me hizo de salir á recibir á V.M. para anticiparme la satisfacción de conocerle personalmente, tanto más quanto yo había ya manifestado á V.M. mis intenciones en esta parte.  En su consecuencia he llegado á mi ciudad de Vitoria, a pesar de los cuidados indispensables de un nuevo reynado, que hubieran exigido mi residencia en el centro de mis estados.  Ruego pues con instancia á V.M.I. y R. se sirva hacer cesar la situación penosa á que estoy reducido por su silencio, y disipar con una respuesta favorable las vivas inquietudes que una incertidumbre demasiado larga podría ocasionar á mis fieles.  Con esto ruego á Dios os tenga en su santa y digna guardia. = De V.M.I. y R. su buen hermano = Fernando= Vitoria 14 abril de 1808.

Significativa, ¿verdad?  Ved ahora la respuesta de Napoleón á Fernando VII desde Bayona, fechada el 16 de abril de 1808. Aunque el emperador maneja a su antojo los hilos de España, no podemos negar su astucia y tenerle un punto de envidia.  El ogro de Córcega llega a decir que la destitución de Godoy había sido planeada por él y que tácitamente ordena a Fernando a que acuda a Bayona, en el sur de Francia, para darle explicaciones sobre la espontaneidad o fuerza en la abdicación de Carlos IV en Aranjuez, aunque en realidad lo que pretende, como bien sabemos, es la cesión a sus manos de la Corona de España.  Atención ahora al tratamiento de ALTEZA, y no MAJESTAD, que da Napoleón a Fernando VII. Hermano mío: he recibido la carta de V.A.R.  Ya se habrá convencido V.A., por los papeles que ha visto del rey su padre, del interés que siempre le he Manifestado. V.A. me permitirá que en las circunstancias actuales le hable con franqueza y lealtad. Yo pensaba, en llegando á Madrid, inclinar a mi ilustre amigo á hacer algunas reformas necesarias en sus estados, y á dar alguna satisfacción a la opinión pública:  (…)  los acontecimientos de Aranjuez han sobrevenido. Yo no me constituyo juez de lo que ha sucedido, ni de la conducta del Príncipe de la Paz; pero sé muy bien que es muy peligroso para los reyes acostumbrar á los pueblos á derramar la sangre y hacerse justicia por sí mismos. Ruego á Dios que  V.A.R. no lo experimente algún día por sí mismo.  No es conforme al interés de España que se haga daño á un príncipe que se ha casado con una princesa de sangre real, y que ha gobernado el reyno tanto tiempo.   Ya no tiene amigos.  V.A.R. no los tendrá tampoco, si algún día llega á ser desgraciado.  Los pueblos se vengan con gusto de los homenajes que nos tributan. (…) Que el Príncipe de la Paz sea desterrado de España, y yo le ofrezco un asilo en Francia.  En cuanto a la abdicación de Carlos IV, ha tenido efecto en un momento en que mis ejércitos ocupaban á España, y a los ojos de Europa y de la posteridad, parecería que yo no había enviado tantas tropas sino para precipitar del trono á mi aliado y mi amigo. Como soberano vecino, me es lícito querer enterarme de lo ocurrido, antes de reconocer esta abdicación.  Lo digo á V.A.R., a los Españoles y al mundo entero: si la abdicación del rey Carlos es espontánea, y no ha sido forzado á ella por la insurrección y motín de Aranjuez, no tengo dificultad en admitirla, ni en reconocer á V.A.R. como rey de España. Deseo pues conferenciar con V.A. sobre este particular. (…) V.A.R. no estaba exento de faltas: basta para prueba la carta que me escribió y que constantemente he querido ignorar.  En siendo rey sabrá cuán sagrados son los derechos del trono: cualquiera paso de un príncipe hereditario con un soberano estrangero es criminal. (…) V.A.R. debe desconfiar de los extravíos y conmociones populares:  podrá cometerse algún asesinato sobre mis soldados divididos, pero el resultado sería la ruina de España.  He visto con sentimiento que se han esparcido en Madrid unas cartas del capitán general de Cataluña, y procurado exaltar las cabezas. V.A.R. conoce ya todo mi modo de pensar, y vé que me hallo combatido de diversas ideas que necesitan fijarse; pero puede estar seguro que en todo caso me conduciré con V.A. como con el rey su padre.    Esté V.A. persuadido de mi deseo de conciliarlo todo, y de hallar ocasiones en que poder darle pruebas de mi afecto y perfecta estimación.   Con esto ruego á Dios, hermano mío, que os tenga en su santa y digna guardia. = Bayona, 16 de abril de 1808.  Napoleón.

Cerremos las lecturas con dos breves cartas dirigidas a Napoleón.  Mientras el depuesto Carlos IV, su esposa y Godoy han puesto sus destinos en manos francesas, Fernando VII hace lo propio. Los peones de nuestra triste historia se van acercando a la frontera.  La penúltima de estas cartas, de 18 de abril, contiene la cobarde aceptación de Fernando VII de acudir a donde está el emperador.  La segunda, de Carlos IV, está fechada a 25 de abril en Aranda.  Dice la primera, de Fernando: Señor mi hermano: con la mayor satisfacción acabo de recibir la carta que V.M. I. y R. ha tenido á bien hacerme entregar por el general Savary, con fecha del 16. La confianza que V. M. me inspira, y el deseo que tengo de convencerle que el rey mi padre ha hecho la abdicación en mi favor espontáneamente, me ha decidido á pasar inmediatamente a Bayona. Me propongo, pues, salir mañana para ir dormir á Irún, y pasado mañana iré á la casa de campo de Marrac, en donde V.M. se halla al presente.  Soy con los sentimientos de la más afecta estimación y el afecto más sincero. = De V. M. su buen hermano. = Fernando. Vitoria, 18 de abril de 1808.

Y la carta de Carlos IV, de semejante tenor: Señor y mi hermano: agoviádo de dolores reumáticos, que me han cogido las manos y las rodillas, estaría en el colmo del infortunio si la esperanza de ver dentro de pocos días á. V.M. I. y R. no aliviase todos mis males. No puedo tener la pluma en la mano; y pido mil perdones á V.M. I. si el apresuramiento que me hace tener un dulce placer en recordarme de sus generosas bondades, me obliga á servirme de la mano de un secretario para escribir á V.M. I. y R.  La reyna escribe también a V.M.I. y R., y yo le ruego se sirva admitir nuestros comunes sentimientos de amor y confianza en su persona. Yo encuentro en su protección un bálsamo para las llagas con que mi corazón está traspasado; y me lisongeo anticipadamente de que el momento de verme en brazos de V.M.I. y R. será uno de los más felices de mi vida, como también el primero que después de lo que ha sucedido, lucirá con una pura claridad sobre mi existencia.  ¡Ojalá que mis votos sean cumplidos! Con esto, ruego á Dios, señor y mi hermano, que tenga á V.M. I. en su santa y digna guardia.  Mi señor hermano, de V.M. I. y R. su más fiel amigo y aliado.  Carlos. Aranda 25 de abril de 18o8.

Y ya termino, amable auditorio. Con estas lecturas he querido definir uno de los rasgos que, siendo esenciales, suelen escaparse a los analistas de la ilustración, la revolución y el liberalismo decimonónico: su servilismo, su repugnante antiespañolismo y antipatriotismo, es decir, la traición a la patria.  La palabra PATRIA viene del fuero del padre, que, no lo olvidemos nunca, es el primero al que debe su vida, su amor y respeto todo bien nacido.  ¿Qué más puede añadirse a tanta infamia, queridos amigos, sino rezar por las almas de aquellos descarriados y continuar en la lucha por el más genuino patriotismo, segundo y perpetuo sello de nuestro cuatrilema tradicionalista? Negamos y aborrecemos cuanto se aparte de nuestro vero tuétano constitucional:  Dios, Patria, Fueros y Rey.  Muchas gracias.

FUENTE:MURAT, J. (Duque de Berg); y NAPOLEÓN I (Emperador de Francia): Correspondencia secreta de la Familia Real de España con el emperador Napoleón y príncipe Murat, desde los movimientos de Aranjuez en marzo de 1808, hasta los sucesos de Bayona.  Palma de Mallorca, 1811.  Imprenta Real.

Diego Mirallas Jiménez.

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