Quisiste decir…


…  y al salir de la clase entendí por qué.

Venías de El Parral y el prior te había llamado “hermano” y te había dicho que te abrieras al Espíritu. Y habías comprendido que desde Ahí dentro todo se ve de otra manera.

Y viniste a la clase y dijiste que hay dos historias: la que estudian los científicos, ciencia “rigurosa” a base de datos y hechos (hechos como los de Wittgenstein: el mundo es lo que ocurre), y esa otra Historia que se hace desde una posición escatológica.

Y le dabas preeminencia a la segunda, en tu corazón, donde se guarda lo importante.

Y creo que no lograbas hacerte entender; creo que no te entendieron.

Pero es que tú venías siendo otro: venías habitado y pensando, sí, todo lo de antes, desde otro sitio.

“No pensando”, te dije: gustando, saboreando. Venías no lleno de pensamientos, sino lleno de Sabiduría, esa que no se hace desde uno sino que sólo se recibe, siempre de Otro.

Y creo que quisiste decir que cuando el Espíritu te habita tú ya no ves la historia desde fuera, como a través del microscopio del laboratorio, sino desde los ojos del Espíritu.

Esa visión que quisiste describir, sin tener palabras, sin que te entendieran, es la visión del que ha sido habitado por Él.

Esos no son superhombres que mediante esfuerzos colosales han logrado verlo todo: esos son Hombres, los que han sido habitados por Él, simplemente porque se han dejado habitar.

Alguien mencionó “mística” cuando tú hablaste. Alguien hace tiempo trató de entender a Nietzsche y lo entendió mal, muy mal. Porque no visitó Sils-Maria, el lugar donde Nietzsche pasaba sus veranos y donde se le llenaba de oxígeno el cerebro.

Tu ciencia ya no es la de los hombres.

Tus ojos ya no miran desde fuera, sino desde Dentro. Consistiendo la Creación en la comunicación de ser por Dios a ellos, ellos, los habitados, han recibido el ser -y por tanto la Ciencia, el Conocimiento- de Él: lo han hecho porque se han dejado llenar, porque han presentado a la Fuente la vasija boca arriba, abierta, para ser llenada.

Divinizados por el don aceptado, habitados, su vida ya consiste en comprender desde Él, como Él, en Él y para Él: todo lo “entienden” porque todo lo comprenden y todo lo comprenden porque todo lo saben. No hay más acedia en ellos.

Su día es ver-Le y lo demás gira alrededor.

Por eso el Buey tenía como “ocupación” principal Las Horas, siendo lo de la Summa un rellena-huecos. La máxima Ciencia es muy otra, lejos de libros, letras y números. La máxima Ciencia no es explicar el significado, sino ser llenado por el Sentido.

Desde ahí, desde dentro, la libertad consiste en ser lo que Él nos ha hecho ser, suyos, y eso se es siendo como se nos ha determinado ser, con nuestras inclinaciones naturales, queridas por Él, porque nos perfeccionan y acercan a Él, donde debemos ser reunidos, criaturas desparramadas.

Ser y ser libre es lo mismo: ser en Él, por Él, desde Él y para Él.

Ser fuera de Él es imperfeccionarnos, torcernos, desperdigarnos: es no querer lo que Él quiere, no querer ser lo que somos y, por tanto, dejar de querer lo que queremos ser, dejar de querer-nos por haber dejado de quere-Le.

La libertad del habitado consiste en no querer nada diferente de lo que Él quiere, y la Historia es el camino que recorre el hombre escuchando, o no escuchando, lo que Él tiene que decirle, su llamada. Lo que Él quiere para él.

La llamada se escucha: no se llama. Si acaso, se “clama”, se grita.

Desde Dentro la Historia, el Relato de la Llamada, se escucha nitidamente porque vivimos pegados a la Palabra que Él pronuncia: vivimos en la misma garganta que nos llama por nuestro nombre, dándonos el ser y la existencia.

Desde fuera, sin embargo, la Palabra sólo es palabra, muy distorsionada y lejana, que viene de otro a uno. Ruido de fondo del espacio, que hay que sintonizar con mucha delicadeza hasta captarlo nítidamente. Trabajo de años, inhóspito y desesperanzado: de las criaturas a Dios.

De Dios a las criaturas: escuchar la Palabra no depende de tu esfuerzo, al igual que comprender la Historia tampoco depende de tu voluntad. Si eres de y en Él, todo tiene Sentido porque todo se convierte en Palabra.

Escuchar la Palabra y comprender la Historia depende, sólo, de que te dejes hacer, de que te anonades y te pongas en su presencia, te hagas Él y te unas a Él. Desasimiento de ti para ser asido por Él.

Ora, ora sin cesar: dale a Él la Palabra y tu ciencia será la de Él y la historia será la de Él. Clama audazmente.

Ese día, de la Historia sólo podrás hacer Teología. Ese día tú tendrás Ciencia de la Historia, en Unidad y Libertad, sin contradicción entre ellas.

Pero ese día ya no estarás aquí: mejor dicho: estarás sin estarlo, y serás sin serlo.

Ese día serás de la Luz y ese día desprenderás luz. Ese día tus manos escribirán lo más bello que imaginarse pueda y ellos así lo percibirán. Pero tú no te darás cuenta porque tus ojos ya no mirarán el trazo de lo que dibujas, sino el rostro que dibujas.

Y tu mano se deslizará por el papel sin tú notarlo.

Ese día tú estarás habitado y ya no habitarás. Ese día, desasido de tí, tu día serán Las Horas.

Creo que quisiste decir eso…

Creo que tu mano dibujaba eso mientras tú mirabas lejos.

Muy lejos.

(A Guillermo Díaz)

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