Mi padre y Gehry


Una de mis pasiones y/o sueños frustrados: la Arquitectura.

Desde muy pequeño, cuando mi padre dibujaba por las noches en su estudio (el sótano de nuestra casa).

Como yo ya llevaba mal lo de dormir unas horas normales -la educación lo es todo y a mi, desgraciadamente, mi madre me educó en amar el día y mi padre en amar la noche-, bajábamos juntos al subsuelo y me ponía a su lado, con un frío de narices y olor al cuarto de basuras; y emborronaba, con los portaminas más resistentes que uno pueda imaginar, unos trozos de papel cebolla que él me dejaba: dibujábamos planos de casas, él las suyas, yo las mías. Y el humo de la pipa lo llenaba todo.

Mi padre murió hace pocos años y a mi la arquitectura me sigue apasionando, como a veces comento en este blog (CLICK).

A veces, cuando no me ve nadie, pego los labios a la piedra fría de un monasterio -confieso que lo hago también a las páginas de los libros y a lugares mucho más inconfesables, como al acero de un edificio reciente; o acaricio fugazmente la estructura tensa de un puente imponente. Mi madre era experta en fuerzas y tensiones pues pasó por la ingeniería, y esto lo heredé de ella.

Recorro calles que no conozco para ver cómo construyen allí las casas, o cojo algún pequeño sillar abandonado en mitad del campo, donde hace siglos se levantó un pueblo.

Miro el hormigón con admiración, unas ruinas de piedra con compunción…

Toco la teja vieja y huelo el ladrillo, cada tipo de ladrillo.

Las losetas del suelo me dicen cosas y la luz que atraviesa cada cristal me parece muy diferente. Me atrevo a darle ideas ridículas a arquitectos que buscan la inspiración, me entusiasma el urbanismo y la disposición de las ciudades, sus sistemas de alcantarillado -mi padre trabajó mucho tiempo en esto y yo miraba todos los planos de saneamiento de Madrid y Barcelona, con curiosidad: los colectores, todo…

Leo divagaciones sobre el espacio público y el privado -posturas mayormente ideologizadas-, y cada vez que me mudo a una nueva casa lo primero que hago es ver qué vistas tiene, si le da la luz, si le da la sombra, si se ven árboles y cielo… La vida acontece en el espacio y en el tiempo, y cada realidad arquitectónica es -o debería ser- una señal, un indicio revelador, divinamente humano, de la vida que acontece, allí y entonces.

Me afecta el espacio y la luz, me afecta mucho, y mi espíritu se siente muy distinto en Londres o en México DF, en Madrid o en Tel Aviv. Mi agradecimiento por poder ver, por haber nacido viendo y seguir viendo -miope y astigmáticamente-, es muy grande. Emocionadamente grande.

New York: el hombre construyendo el universo que su cabeza piensa.

Inspirado por Brisebois desde su blog.

Abrid la puerta:

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