Soportar la levedad del ser


Me lo inspiró Elvira Lindo leyendo El País.

Es curiosa la unanimidad en la poesía acerca de las tardes de domingo. Dice Ángeles Carbajal en un poema así titulado:

Algunas tardes de domingo tienen
los ojos tristes.
Es como si en ellas
se hubiera detenido la vida para siempre.

Hopper lo vio nítido, como nos lo enseñó el profesor Arellano, con las mañanas:

Y con el día en general:

Elvira trata de quitarle importancia, pero la tiene. Y mucha. Que cada quien piense por su lado, por ejemplo mañana domingo, por la tarde:

Montar un melodrama

Por Elvira Lindo, en El País.

Que la tarde del domingo tiene un nosequé tristón, ya se ha dicho; que llevamos impreso en la memoria el calendario escolar, ya está dicho; que sobre las seis de la tarde del domingo empieza a asaltarnos la antigua sensación de no haber hecho los deberes y haber imaginado que el fin de semana sería eterno, ya está dicho; que el efecto es demoledor si al hecho de ser domingo se le añade que es el último día de Semana Santa, ya está dicho. A eso se le puede sumar la sensación de acabamiento del mundo que da salir del cine y que sea de noche, que el taxista te torture con una retransmisión deportiva a un volumen irritante, que no encuentres un restaurante abierto, o que vayas a un bar de tapas y esté vacío y nadie te propine codazos para pelear un lugar en la barra. Todo muy triste.

Esa es la razón por la que el domingo hay que tomar medidas terminantes que impidan que brote esa tonta melancolía infantil. Opino que es mejor recogerse pronto: pasear por una calle con los establecimientos cerrados y las aceras vacías es algo que sólo puede gustarle a aspirantes a escritores, de esos que todavía creen que hay que favorecer experiencias lánguidas para escribir libros lánguidos en los que se aborde la incomunicación de nuestro tiempo. No. Eso es un sarampión. Se padece una vez y queda uno inmunizado. Prosigamos: se vuelve a casa pronto tras haber pasado la mañana comprando cosas inútiles en los mercadillos y tras la lectura de dos o tres artículos del periódico (puede ser el mío o puede ser el de otro) se disponen él o ella a preparar una cena ligera y exquisita, evitando, en la medida de lo posible, batir huevos. El sonido de batir de huevos es demoledor, nos retrotrae a patios interiores y cenas para salir del paso. No. En la cena del domingo hay que esmerarse. Se coloca todo artísticamente en la mesa baja del sofá, como si fuéramos a recibir a una visita, y se abre un buen vino. El sonido del descorche es altamente recomendable. El remate perfecto es tener capítulos de una serie por ver. Me vienen a la memoria los domingos felices que pasé con Mad Men. Una felicidad fugaz, ya que la adicción a Don Draper y a Peggy me hizo pulirme la serie en dos domingos. Pero, sin duda, el mejor antídoto contra el síndrome del apagamiento dominical es disfrutar una serie de estreno que se emita el mismo domingo. Ah, esa sensación de novedad. En estos momentos, se programa en la HBO Mildred Pierce, un peliculón en seis capítulos protagonizado por la sin par Kate Winslet que espero que acabe emitiendo algún canal español. No es una serie para que pueda gustar a un público tan amplio como Mad Men o Los Soprano. Mildred Pierce es un melodrama y se atiene con rigor a las normas del género. Yo recordaba haberlo visto de pequeña, en esa infancia plagada de melodramas en la que nos educamos. La Mildred de entonces, 1945, fue Joan Crawford. Consiguió un Oscar por la interpretación de esta madre que levanta un emporio de restaurantes en Los Ángeles, pero ha de sufrir a una hija diabólica que se avergüenza del origen humilde de mamá. La novela en la que se han basado estas dos versiones fue escrita por James M. Cain, el autor de El cartero siempre llama dos veces, así que ya se pueden imaginar de qué les hablo: pasiones, malas jugadas del destino y, de fondo, los años de la depresión. The New York Times, aun alabando el trabajo de esa mujerona que es la Winslet, se decantaba por la versión clásica. Yo no elijo. Me subyugan los ojos de Crawford y su manera de hablar, pero es extraordinario contemplar los años treinta a todo color y a esa Winslet troceando el pollo a cuchilladas certeras, como si hubiera sido pollera toda su vida. Cuando algo me gusta siento una curiosidad obsesiva por saber cómo está hecho. ¿Cómo se monta un melodrama clásico en 2011, cuando ya el público ha perdido parte de esa inocencia que hacía posible la verosimilitud de un género tan exagerado? Busco en las páginas de HBO y encuentro entrevistas con el director, el fotógrafo, los actores, la figurinista o el decorador. El cine es hoy menos abstracto que entonces, necesita una dosis mayor de naturalismo y, por tanto, de dinero: más extras, más decorados reales, más movimientos de cámara, más realismo. Un envoltorio apasionante para que una hija le grite a su madre: “¡Quiero apartarme de ti!”, y el espectador crea que hay momentos en la vida en que las hijas pronuncian semejante frase. Y, claro, una actriz, Winslet, que ha hecho virtud de su lozanía: los hombres la encuentran sexy y las mujeres la encuentran real. Tiene caderas de camarera americana cuando trabaja en una cafetería sirviendo platos, tiene caderas de propietaria cuando pone su propio negocio, caderas de madre, caderas de mujer venida a más, caderas de mujer apasionada o de madre al borde de la desesperación. Cómo montar un melodrama en nuestros días. Con sinceridad, sin cinismo, sabiendo que siempre habrá espectadores como yo, que prefieran sentir la melancolía de la ficción a la suya propia, y que cuando suena la canción final, I am always chasing rainbowns, en la voz de Judy Garland, se marcharán a la cama con el corazón encogido por las penas de una mujer de los años treinta. Y se les escapará un ay antes de cerrar los ojos.

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