amateur


Cuando nos enseñaron a entrenar a niños al fútbol en escuela de la Federación, nos hablaron del entrenador pigmalion, aquel que se emociona al ver al niño genial y que hace de menos al resto, a los normales -a los normales en lo que al fútbol se refiere- poniendo en ellos menos expectativas, de modo que al final los niños, efectivamente, llegan a menos.

A mi me dio buen resultado lo contrario: que cada niño pusiese en sí mismo todas las expectativas que quisiese, por alejadas de la realidad que fuesen.

Y si ya venía sin ninguna -el laminado casero o social es intenso-, poner todas las que el juego requiriese del buen jugador: físicas, tácticas y técnicas.

Aquello era un juego, un juego que tenía su verdad: el fútbol tiene su verdad.

Y la verdad del fútbol puede amarse.

Tanto como para que uno dedique mucho esfuerzos, en días fríos o muy calurosos a encontrarla. Mostrar a un niño la verdad del fútbol es más fácil que mostrarle cualquier otra, porque la palpa rápido: su corazón se agita, se siente lleno como persona, se divierte, se emociona, entiende, sus esfuerzos dan fruto, etc, etc.

Y los chavales también tienen su verdad, y su verdad la tienen que amar, buscarla.

Entrené algunos equipos, no muchos.

Todos ellos desahuciados, llenos de chicos difíciles o que jugaban mucho peor que los otros. Los pedía expresamente así, pues los mejores entrenadores se pedian los equipos campeones.

No nos preocupaba eso: sabíamos que partíamos de tan abajo, que no erámos, a principio de temporada, ni siquiera equipo: muchos chicos ni se conocían. Uno de ellos nunca llegó a tener más de 10 jugadores alineables y asi jugamos toda la temporada.

Cada chaval empezaba su temporada y sabía que tenía dos verdades por delante: la del equipo y la suya personal, dos verdades que alcanzar. E intuía que el camino hacia ellas era apasionante: difícil, pero apasionante.

Nunca dejamos de alabar lo que objetivamente era alabable -un buen gol, una buena jugada…- de ningún chaval. Lo que objetivamente se acercaba a la verdad del fútbol, a su forma perfecta, al juego maravilloso, emocionante, divertido… También reflejábamos lo que estaba mal hecho, los fallos, dándole una importancia apropiada, y acabando a menudo con la frase: “hay que intentarlo más veces y seguro que sale”. Esto se llamaba en la escuela de fútbol enfoque resultado.

Sin embargo era más importante lo subjetivo, las actitudes, y nunca dejamos de alabar a los chavales que intentaban, intentaban, se esforzaban… Cada uno según sus posibilidades: los más despistados o inconstantes, pues más; los menos, pues menos. Cada uno al máximo de lo que podía dar. Esto se llamaba en la escuela enfoque tarea.

Los equipos solían comenzar perdiendo algún partido y los chavales preocupándose por ello. Lógicamente, porque los resultados importan. Entonces comenzaba a ponerse el foco en la tarea.

Pero ellos querían jugar mejor, querían mejorar como equipo, querían aprender a jugar mejor individualmente y les encantaba ganar. Ponían mucho esfuerzo.

Los partidos siempre, en todo momento, iban 0-0 para nosotros. Estuviéramos ganando por goleada o perdiendo por goleada. ¿Por qué? Porque a esa edad es muy importante aprender a jugar, y sólo con esperanza se puede continuar jugando y aprendiendo. El resultado era más secundario.

A los pocos partidos la mejoría de los chavales era notoria: aceptaban ya las rutinas de entrenamiento incluso adelantándose a ellas, comprendiendo que les hacían bien -porque la mayor parte de las cosas se explicaban, al objeto de que los chavales entendieran por qué corríamos alrededor del campo o saltábamos lateralmente- y su técnica mejoraba exponencialmente. Se divertían cada vez más y su colocación en el campo, de acuerdo a la verdad del fútbol, a la de cada uno de ellos y a la interpretación que de todo hacían los entrenadores, iba mejorando.

Los resultados seguían siendo de 0-0 en nuestra mente, aunque ya ganábamos a los equipos sistemáticamente. Había obligación de celebrar todos los goles a favor con todo el equipo y de animar con cada gol en contra a todo el equipo.

Mediada la temporada los chavales veían que las verdades que habían querido alcanzar al principio de iban alcanzando. Aquél que andaba más gordo parecía que corría mejor; ese otro tenía pavor a chutar con la izquierda y ahora ya la manejaba con soltura; a ese otro ya no le daba miedo rematar de cabeza… Todo se había ido trabajando tarde a tarde, porque es en el entrenamiento donde se trabaja el camino a la verdad. En el partido se suele alejar uno de ella, por miedo o por vanidad.

Los padres veían a sus hijos tranquilos, seguros del camino que estaban recorriendo, y estaban tranquilos también. No se les ocurría criticar a los niños por fallos objetivos -se les prohibió al principio de la temporada- sino sólo por falta de esfuerzo. Normalmente era fácilmente observable que el chaval que venía más despistado o desmotivado tenía en casa un problema o un progenitor desmotivado.

Charlábamos de otras cosas: del cole, del club, de otros países, de lo que está bien y lo que no, del fútbol de otros sitios y del fútbol de la tele, de las travesuras o cuasi delitos de alguno, de los yonquis, de la policía, del dinero, de las chicas, del trabajo… depende de las edades.

Al final de temporada los equipos jugaban muy bien, cada uno con su estilo, todos con orden, lo cual hacía que todos se divirtiesen, diesen el 100% y, consecuentemente, ganásemos casi todo.

No había grandes celebraciones -mis equipos no se caracterizaban por hacer grandes tragedias en el campo- pero sí gran satisfacción por el hecho de jugar y de jugar bien. Gran felicidad por entrenar y mucho orgullo por formar parte de algo que era de todos y que todos habían dado origen y forma.

Las dos preguntas en el descanso de cada partido eran:

– ¿Cómo estamos jugando?, a lo que a veces se contestaba que bien y otras que mal.

– ¿Cómo vamos?, a la que siempre se contestaba 0-0.

¿Adoctrinábamos a los niños? Yo creo que no. Yo creo que les mostrábamos algo digno de amor y les enseñábamos a amarlo. Lo cual supone un esfuerzo, un ascenso. Algo de esto se comenta en El Banquete de Platón, cuya lectura quizá algún chaval de estos haga en el colegio.

Yo les miraba a la cara y en casi todos veía plenitud. Al final de temporada ya casi ninguno engañaba a sus compañeros, ni se aprovechaba de él, y la camaradería reinaba en los equipos. Los más pequeños incluso lloraban al despedirse en el último partido.

Quizá hoy alguno se acode en la ventana, mire al campo de fútbol y recuerde sus momentos entrenando.

Quizá se acuerde de que él fue, durante un tiempo, amateur. Yo los recuerdo a todos.

Y me acuerdo del chaval que llegó a ser un muy buen defensa cuando a principio de temporada se tropezaba con sus propias piernas.

Y de ese otro que odiaba tirar con la izquierda y cómo me miró el entrenamiento que metió un gol por la escuadra con esa pierna, y cómo ya prefería seguir mejorando siempre con esa.

Y de ese otro que fue el más problemático, el más agresivo, amenazante incluso, y como se convirtió en el líder del equipo. Hoy, creo, está en la cárcel.

Todos ellos tienen su verdad, allá donde estén ahora, y todos deben seguir luchando por encontrarla, incansablemente.

Como tantas veces, inspirado por Brisebois y su post.

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