conservar una basura


Son cosas que no se entienden: ¡menudo imbécil, el que se dedica, en plena catástrofe, a salvar el retrato de su líder! ¡En lugar de correr a la madriguera y ocultarse!

Escribe Millás en El País: “No hace mucho, en un lugar de Libia donde era preciso guardar cinco horas de cola para conseguir una barra de pan, un soldado se afanaba en poner a salvo el retrato de su jefe. No estamos hablando de salvar Las meninas, no, estamos hablando de un retrato de Gadafi, que ni siquiera estaba pintado al óleo. Ya ven ustedes: tiendas con el cierre echado, cascotes y chatarra por el suelo, alguna que otra sombra doliente al fondo, atmósfera de fin del mundo en resumidas cuentas, pero en medio de ese Apocalipsis lo único que se le ocurre al militar de la foto es conservar una basura. Vale que a lo mejor no se le ha ocurrido a él, sino a su sargento, bajo amenaza de juicio sumarísimo. Lo mismo da, nos provoca la misma lástima, aunque también la misma risa. Y conste que no nos reímos del pobre soldado, ni siquiera de su sargento (tampoco de Gadafi, por miedo), sino de la condición humana. Así que nos quedan dos horas de vida y las empleamos en una idiotez. La escena, por absurda, nos trae a la memoria el hecho contrastado de que las últimas frases de los personajes célebres son por lo general una tontería. También cuando estamos a punto de expirar nos preocupan simplezas tales como si alguien se ha ocupado de apagar la luz de la cocina o de cerrar la llave del gas. El mismo Lord Byron se despidió con el “buenas noches” de todos los días. Y Luis Buñuel cayó en lo obvio con un “me muero” evidente para cualquiera que tuviera ojos. Tal vez lo último que hizo el soldado de la foto, antes de que le pegaran dos tiros, fue cambiar de sitio el retrato del líder.”

Los subrayados son nuestros. Efectivamente, cuando lo que es es la materia, el retrato tiene poco valor. Es materia poco valiosa.

¿En que emplearía usted, señor Millás, sus dos últimas horas de vida? Yo, desde luego, y más en ese entorno “apocalíptico”, en salvar el retrato del líder. Su memoria -lo único no material- es lo único que debe quedar: lo demás, como usted menciona, son cascotes.

No leyó El Principito Millás, Schade.

No sabe lo que es un icono, ni probablemente entienda que muchas personas den su vida por una cruz, una media luna, una idea, una bandera o incluso por una “verdad”, o por defender la verdad de otro.

Probablemente tampoco le parece demasiado entendible la Historia de la Humanidad, una continua y absurda mudanza de retratos entre cascotes y destrucción, aún a costa de la propia vida.

La condición humana: ese gran enigma. Ese extraño ser que no se refugia en la madriguera sino que come con cubiertos y traslada retratos bajo las bombas.

Schade, Schade, Schade.

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