Rest-aurar el Arte


(…) A la inversa de Hegel, para quien el arte “muere” si es privado de
su altísimo encargo metafísico –el de ser la figura más acabada del
espíritu (Hegel 1956, 139)–, para Benjamin, el arte sólo comienza a
ser tal una vez que se emancipa de su aura metafísica. Sin embargo,
en el texto de este ensayo puede rastrearse una idea singular y
trágica de lo que ha sido y tiende a ser el destino del arte en el
devenir de la historia. Pareciera que para él la consistencia
propiamente artística de la obra humana ha sido siempre un fenómeno
parasitario, que, pese a su autonomía, nunca ha tenido y tal vez
nunca podrá tener una existencia independiente; que el arte apareció
atado al “valor para el culto” de la obra, precisamente cuando
comenzaba la decadencia o descomposición de ese valor, y que,
sirviendo de puente fugaz entre dos épocas extremas, comienza a
desvanecerse como arte independiente o emancipado, sometido ahora a
un “valor para la exhibición” o para la experiencia que se encuentra
recién formándose y que corresponde a una figura futura de la obra,
apenas sugerida en el presente. El status de la obra de arte
emancipada sería así transitorio; estaría entre el status arcaico de
sometida a la obra de culto y el status futuro de integrada en la
obra de disfrute cotidiano.

(…) Benjamin detecta el aparecimiento y la generalización de un nuevo
tipo de masas humanas en calidad de substrato demográfico de la nueva
sociedad moderna, el de las masas que se resocializan a partir de la
propuesta práctica espontánea del “proletariado conciente de clase”,
es decir, rebelde a la socialización impuesta por la economía
capitalista. Son las masas amorfas, anonimizadas –cuya
identificación moderna como masas nacionales se había debilitado
catastróficamente como resultado de la Primera Guerra Mundial–, que
están en busca de una nueva concreción para su vida cotidiana; una
concreción que ellas prefiguran como de un tipo diferente, formal y
transitorio, pero no menos potente que el de esas concreciones
substanciales arcaicas que fueron manipuladas y refuncionalizadas en
la modernidad capitalista para componer con ellas las identidades
nacionales “eternas”.

Detecta en las nuevas masas un nuevo tipo de “percepción” o
sensibilidad, que sería la “rúbrica formal” de los cambios que
caracterizan a la nueva epoca. Una nueva “percepción” o sensibilidad
que trae consigo ante todo la “decadencia del aura”. Son masas que
tienden a menospreciar la singularidad irrepetible y la durabilidad
perenne de la obra de arte y a valorar en cambio la singularidad
reactualizable y la fugacidad de la misma. Rechazan la lejanía
sagrada y esotérica del culto a una “belleza” cristalizada de una vez
por todas como la “apariencia de la idea reflejada en lo sensible de
las cosas” (Hegel); buscan por el contrario la cercanía profana de la
experiencia estética y la apertura de la obra a la improvisación como
repetición inventiva. Son las masas de tendencia revolucionaria que
proponen también un nuevo modo de participación en la experiencia
estética. (Kambas, 2000, 538.)

Desentendidas de la sobredeterminación tradicional de la experienciaex
estética como un acontecimiento ceremonial, estas nuevas masas
sociales plantean un nuevo tipo de “participación” en ella, lo mismo
del artista que de su público. Afirman una intercambiabilidad
esencial entre ambos, como portadores de una función alternable;
introducen una confusión entre el “creador” de la obra, cuyo viejo
carácter sacerdotal desconocen, y el “admirador” de la misma. La obra
de arte es para ellas una “obra abierta” (U. Eco) y la recepción o
disfrute de la misma no requiere el “recogimiento”, la concentración
y la compenetración que reclamaba su “contemplación” tradicional.
Aleccionadas en el modo de aprehensión de la belleza arquitectónica
–que sería el de un uso o un “acostumbramiento”–, su recepción de
la obra de arte, sin dejar de ser profunda, es desapercibida,
desatenta, “distraída”.

El arte que que corresponde a este nuevo tipo de masificación en
libertad, el arte post-aurático –que para quienes no quieren
despedirse del aura sería un post-arte o un no-arte sin más–, es así
un arte en el que lo político vence sobre lo mágico-religioso. Y su
carácter político no se debe a que aporte al proceso cognoscitivo
pro-revolucionario sino al hecho de que propone un comportamiento
revolucionario ejemplar. (Marcuse, 1969, 58.) El nuevo arte crea una
demanda que se adelanta al tiempo de su satisfacción posible;
ejercita a las masas en el uso democrático del “sistema de aparatos”
–el nuevo medio de producción– y las prepara así para su función
recobrada de sujetos de su propia vida social y de su historia.
La reflexión de Benjamin acerca de la obra de arte en la época de la
nueva técnica culmina teóricamente en una distinción, que da
fundamento a todo el vuelo utópico de su discurso. Una sería la base
técnica actual del proceso de trabajo social capitalista,
continuadora de las estrategias técnicas de las sociedades arcaicas
–dirigidas todas ellas a responder a la hostilidad de la naturaleza
mediante la conquista y el sometimiento de la misma–, y otra, muy
diferente, la nueva base técnica que se ha gestado en ese proceso —
reprimida, malusada y deformada por el capitalismo–, cuyo principio
no es ya el de la agresión apropiativa a la naturaleza sino el “telos
lúdico” de la creación de formas en y con la naturaleza. Una nueva
base técnica que implica una nueva manera de abrirse hacia ella o, en
otro sentido, el descubrimiento de “otra naturaleza”. Tratar con el
nuevo “sistema de aparatos”, en el que se esboza ya esta “segunda
técnica”, requiere la acción de un sujeto democrático y racional
capaz de venir en lugar del sujeto automático e irracional de la
sociedad establecida, que es el capital en plan de autorrepeoducirse.
El nuevo arte sería el que se adelanta a poner en acción a ese
sujeto, el que le enseña a dar sus primeros pasos.

(Bolivar Echeverría, en la introducción a “La obra de arte en la época de su
reproductibilidad técnica” de Walter Benjamin).

Ernesto Sábato fotografiado por Daniel Mordzinski:

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