Desnudas (y II)


Mercadotecnia al margen -que todo es dinero- tampoco es casual que el masoquismo femenino se ponga de moda.

La liberación de la “mujer” de sus dos prisiones (la familia y la maternidad, donde el varón hacía siempre de carcelero) por fin permite superar la naturaleza con la libertad: ya le es posible gozar a todas horas del sexo sin tener que ser madre; y ya le es posible ser madre sin tener que tener en cuenta a nadie más que a sí misma.

Vuela libre por fin la mujer, sin más referencia que su ego, hablando a gritos por su móvil y progresando infinito en su carrera; eventualmente, harta de dar vueltas por el mundo, busca a alguno para que esté alrededor si ella se aburre de tanta emoción y para que le de un hijo; complementariamente, el ya domesticado varón camina diez metros por detrás, acarreando bolsas, carritos de bebé y todo lo demás, que para eso sigue teniendo un cuerpo más fuerte [de momento].

Temeroso de que ella empiece de nuevo con los gritos, o de que le siga ridiculizando o despreciando, este cada día vive más apocado. Renuncia a amigos, al deporte, a todo lo que le proporciona cierto asueto, porque en el fondo es un egoísta, como todos los hombres.

Aquello de ser la autoridad en casa, el repetable José que cuidaba de María, se acabó hace mucho. Ni sus hijos -si es que son suyos- le respetan ya. Y que no se le ocurra levantar la voz, o la sociedad le meterá en la cárcel por violento. Lo mejor es que se quite de enmedio, como tantos y tantos hacen. Su “género” es ya el género débil.

Y de ahí que ellas, incapaces de dominarse a sí mismas o a sus caprichos sin fin, fantaseen muy a menudo con que alguien tome las riendas. Consistiendo muy esencialmente en darse -y radica ahí su grandeza, en su divina condicion donante- cuando no son capaces de darse a nadie que merezca la pena se dan a cualquiera y de cualquier modo.

De ahí que desprecien al dócil que llevan de la correo mientras miran con deseo al chulo del barrio; de ahí que salgan a la calle en combinación, en bragas y sujetador, o solo en bragas, o sin bragas, o en transparencias -creía yo que eso era para el dormitorio- buscando llamar la atención del más animal de la calle.

De ahí que sueñen patológicamente con que ese tipo -desconocido, pues la mujer busca la novedad- les haga frente y las venza y las domine, y las contenga y las encauce y las dirija a algún lugar. A los cincuenta, e infinitos polvos después, suelen comprobar. solas y viejas, que ese lugar al que de hecho se dirigen no es especialmente esperanzador para la persona femenina.

Les engañaron liberándolas de todo. Y ahora no se encuentran ni a sí mismas, y no hay terapia que sea suficiente.

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